Encuentros
Foto y Texto: Berta Bernarte
San Fermín se convierte en un continuo encuentro. De roces y simples miradas, de cruces de comentarios, de réplicas rápidas y guiños, de tropezones que se estiran todo un día o una noche, de un par de bailes sin intercambio de nombres, de amistades de una vez al año, de conversaciones en idiomas esbozados, de telefonazos que anuncian el desembarco en casa de meros conocidos acompañados de todo un equipo de voleibol, de hermanamientos que solo separa lo inevitable…
Los hay que han establecido un día para el reagrupamiento como las peñas de suecos o holandeses con bien regados picnics en el Caballo Blanco, en el paseo amurallado tras la catedral. O los norteamericanos que sueñan con julio para abrazarse en el restaurante El Redín, en la calle Mercado. Allí, cuentan, que el año pasado la reunión estuvo cargada de lágrimas, tragos fuertes y solemnidad. Uno de los promotores del grupo, fiel amante de las fiestas, al que una larga enfermedad había hecho sucumbir, pidió como última voluntad que sus cenizas no faltaran a la cita y fueran diseminadas en el recorrido del encierro. Un regreso definitivo.
Mientras duran los Sanfermines se respira expectativa. Una cuenta a atrás que se desgrana hasta el 14. Porque quién sabe que puede traer un saludo.






