Lo imprevisible se hizo sangre
Fotos Luis Azanza
Foto José Luis Ollo
Encierro día 9 de julio con Miuras, cinco minutos de duración y un astado, Ermitaño, discreto en el primer tramo, en el que un toro pelirrojo ya apuntaba maneras buscando carne con los cuernos en vez de empujar con el testuz, como tiene fama esta ganadería. Sin embargo la bomba de relojería se escondía en la manada. Ermitaño descolgado, encelado, cambiando de trayectoria, girando sobre si mismo y arrancándose contra corredores y vallado. Y luego dicen que los Miuras son indiferentes a todo, grandes y nobles. Lo único cierto es que cada encierro es imprevisible, que hay que olvidarse de los tópicos. Nos ha dejado con el cuerpo paralizado, sin palabras, impresionados por un ensañamiento totalmente inmerecido, ante un corredor que simplemente quiso guiar al toro hacia el callejón y que ha recibido una cornada en el torax y otra en el muslo. De blanco y rojo, todavía no se ha hecho público su nombre, aunque se ha informado de que sus iniciales son P.T.L., es vecino de Pamplona y tiene 44 años.
Tras el encierro, al correrse la voz y comenzar a reunirse los corredores, buscaban una pantalla de televisión o alguna cámara de fotos con la secuencia de las cogidas para ver si lo reconocían, preocupados por la fuerza brutal con la que había entrado el cuerno en su pecho. “Ha ido a por él”, comentan. Ermitaño había llegado al tramo de Telefónica lanzando derrotes, mirando a todo lo que se movía, en apariencia desorientado por tanto ruido, tanto movimiento. Sin embargo, difícil saber por qué, de repente fijaba la vista en alguien o en un punto del vallado y se lanzaba, obviando lo que sucedía a su alrededor. O comenzaba a girar sobre si mismo buscando no se sabe si un camino o algún cuerpo contra el que arremeter.
El corredor que ha tenido la mala fortuna de convertirse en el centro de su furia, no ha realizado ninguna maniobra extraña, ni un mal gesto. Simplemente ha tenido el valor de colocarse ante el bicho periódico en la mano, nada más dentro de los cánones, para intentar conducir al morlaco dentro de la plaza. Un acto totalmente voluntario, a toro parado. Pero en vez de seguirle, de cogerle el ritmo y dejarse guiar hacia la calma del toril, Ermitaño se ha arrancado con toda su potencia lanzando al mozo por los aires, empujándole dentro del callejón. Ahí podría haber terminado la danza macabra entre el astado y el corredor, con un puntazo en el muslo.
Sin embargo, lo diferente, lo que nadie podía calcular ha sido el ensañamiento. Parecía que el toro, maldita la gracia, no tenía ojos para nadie más. Golpeado, zarandeado, corneado en el pecho, con una herida abierta, ha conseguido sin embargo salir de la estrechez de la boca que da paso a la arena para dejarse caer fuera. Lo lógico es que, dados los esfuerzos de algunos corredores y pastores, es que Ermitaño hubiese seguido hacia adelante, terminando con un encierro ya demasiado largo. ¿Por qué parecía seguir queriéndole solo a él? A vuelto atrás a pesar de que incluso alguien ha intentado detenerlo agarrándole del rabo, en una acción extremadamente peligrosa. Le ha buscado en el suelo, mientras el herido veía aterrado como se acercaba y llevándole de lado a lado del vallado, destrozándole la ropa, arrastrándole con él. Mientras jugándose el convertirse en un nuevos objetivos los mozos intentaban sacarle de allí. Un joven de camiseta azul hacía por apartar al toro, captar su atención. Mientras otro, con el número ocho en la espada, desde atrás ha conseguido agarrar al caído, tirar de él, separarlo del toro, que finalmente ha continuado su camino.
En total once heridos han tenido que ser trasladados hasta diferentes centros hospitalarios de Pamplona, cinco de ellos por asta de toro, de los que dos se encuentran muy graves. Ni siquiera con los Miuras se puede controlar todo.
Foto Berta Bernarte











Como un pelele oiga.
mane
13 Jul 09 at 11:59 am