Hambre de baile
Foto Luis Azanza Texto Berta Bernarte
Los horarios son como la energía ni se crean ni se destruyen solo se transforman. En la dimensión fiesta, ese agujero negro que nos aparta del resto del universo conocido durante nueve días, el caos es solo aparente. Lo que podría parecer desorden a los ojos del foráneo tiene una lógica espacio temporal y unos códigos de lenguaje que no precisan explicación, a pesar de su cambio de significado.
Así el desayuno se transforma en sinónimo de chocolate con churros después del encierro, comidos de pie tras hacer cola en La Mañueta, que para eso abre solo en fechas muy señaladas o en el Churrero de Lerín en la Estafeta, sentados con suerte en un banco, una banqueta o en el fondo de algún café tranquilo que ha tenido el detalle de conservar sillas y mesas. !Y cómo se agradece! Para los ultracuerpos, aquellos que han resistido toda la noche, puede ser la cerveza y el bocata de jamón previo al desplome en la cama. Todo con su tempo, su ritmo extraterreste.
Porque la mañana tiene hambre. Un ansia de alimento para conjurar el sueño, el cansancio, la falta de agilidad mental. Que se transforma en el almuerzo, palabra ahora gozosa, lejos del pintxo y el café rápidos trasegados en la pausa laboral. ¿Quedamos hoy para el almuerzo? Una invitación que se convierte en toda una comida, en ocasiones la principal del día, con un único límite: la misión se complica a partir de las 12 y media. Ese limbo previo al menú del mediodía, que se roza ya con el vermú.
El almuerzo es una sesión matinal que puede comenzar a las 9 de la mañana y en la que caben los platos más fuertes, más rudos y más deliciosos y directos, regados con vino sin sutilezas, aquellos que nos recuerdan nuestro pasado: tatarabuelos espigadores, camineros, segadoras, pastores, leñadores, asaltantes de caminos y serenos. Huevos y magras con tomate, ajoarriero, guisado de toro, patorrillo, menudicos, manitas de cerdo, pochas… Son el combustible primario que los músculos necesitan para ponerse de nuevo en marcha. Para lanzarse al baile.






