Corredores





Fotos Luis Azanza/Texto Berta Bernarte
Raras son las cosas que importan que no supongan una espera. Para el corredor esta se prolonga durante casi un año hasta que llega el día 7 a las ocho de la mañana, aunque muchos de ellos recorran otras localidades, y otras regiones, para poder ponerse delante de estos animales bravos. Sabiendo que la sensación, la emoción única, durará apenas unos instantes. Pero el tiempo es elástico cuando bombea la adrenalina, cuando se ha esperado tanto para encontrarse con lo que se desea. Como una droga que saben que algún día tendrán que dejar, pero para la que no hay prisa, porque afina sus músculos, despierta los sentidos y activa los rincones más escondidos, por primigenios, del cerebro.
Por eso en los minutos anteriores a cada encierro, hay un espacio para uno mismo dentro de la multitud. Cuando todo desaparece y la mente mira hacia dentro. En esos instantes de concentración hay algo que cambio en los ojos. Como si viesen más allá y conectasen con otra época, casi con otra era, en la que los grandes animales corrían por la llanuras y el cazador era así mismo fácil presa. En seguida vuelve la realidad, las voces, las palmas, los saltos de calentamiento, la complicidad entre los que corren juntos, incluso la última mirada al periódico. Pronto habrá concluido la espera.





