Archive for the ‘Sanfermin 09’ Category
Volver a nacer. El homenaje de los Dolores Aguirre.

Foto Berta Bernarte

Foto Luis Azanza

Foto JLO
Texto Berta Bernarte
Vivir es morir un poco, dicen. A veces es simplemente morir y otras volver a nacer. Hace un año fallecía en el encierro Daniel Gimeno a los 27 años por una cornada en el cuello. Hoy 10 de julio de 2010 otros nacían de nuevo frente unas astas que casi les rozaban sin llegar a sentirlo. O se daban cuenta con sorpresa de que un toro estaba justo detrás de ellos cuando en la confusión del momento pensaban que ya había pasado toda la manada.
Tantos momentos de peligro en un encierro rápido, 2 minutos 53 segundos, con dos toros descolgados que se mantenían con dificultad en el centro de la calzada, apurando en las curvas, mirando hacia el vallado.
Esta vez eran bravos de la ganadería de Dolores Aguirre Ybarra. Negros todos ellos, pero con una negrura luminosa. Ofrecieron emoción de forma incruenta. Perdonaron y esquivaron. El azar, hoy bendito, hace un año trágico, quiso vestirse de homenaje a la muerte de un corredor que amaba la carrera. Y al dolor de su familia presente esta mañana en el encierro para recordarlo. Va por él y por ellos.

Astas de Cebada Gago


Callejón.
Fotos Luis Azanza

Mercaderes.
Foto JLO
Las astas es lo que tienen. Son instrumentos punzantes diseñados para defender, para apartar, para marcar territorio. En el encierro de hoy los Cebada Gago comenzaron corriendo con cuerpo y alma animal tras unos cabestros cada vez más ágiles.
En los primeros tramos parecía que nada podía suceder a los corredores salvo ser arrollados si no se apartaban a tiempo. Pero sobre la cabeza de los morlacos hay cuernos y la posibilidad de recibir una puntada si se está en la trayectoria, lo que, por desgracia, ha sucedido a un joven en Mercaderes que ha tenido que ser trasladado al hospital con una cornada en la cara posterior del tórax.
Después de tomar la curva sin caídas, dos de los morlacos han tropezado al comienzo de Estafeta, separando a la manada. ¡Al fin esos deseados huecos! La posibilidad de entrar, correr y salir. Mucho espacio en Telefónica donde otra vez se ha producido el encontronazo con las astas, esta vez en la pierna de un corredor irlandés.
Al final, un torito cárdeno -no eran grandes estos Cebada- ha perdido de vista al resto. Entonces ha comenzado a mirar. Y es cuando miran cuando los astados se vuelven peligrosos, incluso sin furia, ni mala intención. Porque este era un toro calmado que buscaba a su alrededor sin saña. A pesar de estar tan afiladas.

Pza Ayuntamiento
Foto Berta Bernarte
6072010 el número rojo

Foto Luis Azanza
6072010 es el número con el que estallan las fiestas de San Fermín.

Foto JLO


Foto Luis Azanza
Pello
Texto y foto: José Luis Ollo
Y tras el final de la fiesta, llegan los balances. Días para analizar y valorar cómo han transcurrido los sanfermines de 2009, los del año de la crisis, los del aniversario de Hemingway, pero que serán recordados por el fallecimiento de Daniel Jimeno en el encierro del día 10. Además, otra escena, por su crudeza, se nos ha fijado en la retina y difícilmente la olvidaremos. Ocurrió el pasado domingo 12 de julio, cuando ‘Ermitaño’, un miura de 575 kilos, se ensañó durante treinta segundos con Pello Torreblanca en el callejón de acceso a la plaza de Toros para cornearlo repetidamente. Cada cual puede hacer su propio balance, pero el de Pello no tiene más que una lectura: volver a nacer. Casi una semana después de ese momento sobrecogedor, el pamplonés sigue ingresado en la UCI del Hospital de Navarra y afortunadamente se encuentra estable dentro de la gravedad. Parece imposible, pero al final del todo, ha sido una suerte.
Encierro de la villavesa
Texto y foto: José Luis Ollo
Este Induráin es una réplica, un voluntario abnegado que resurge de sus propias cenizas en el amanecer de cada 15 de julio. Como se puede apreciar, va peligrosamente acompañado por todos los mozos que, a diferencia del pentacampeón del Tour, no han sabido retirarse a tiempo, a juzgar por su aspecto y sus voces rotas. En esto consiste el llamado ‘encierro de la villavesa’: los que tras el ‘Pobre de mí’ no se han resignado a acabar los sanfermines reivindican la fiesta eterna concentrándose a las ocho de la mañana en la cuesta de Santo Domingo, el mismo lugar en el que se han reunido los corredores de verdad durante las mañanas precedentes. Y allí aguardan la llegada del ciclista, para jalearle por el recorrido del encierro hasta el callejón de la Plaza de Toros, ya cerrado hasta el año que viene.
Lo de la ‘villavesa’ viene de los orígenes de esta tradición, cuando el autobús urbano ascendía por la cuesta para reanudar su trayecto rutinario tras el periodo festivo. El viaje, claro, siempre se frustraba, porque los allí congregados impedían el paso entre gritos, empujones y risas. Ante el peligro evidente que suponía este nuevo rito, el servicio de autobús fue cancelado a esa hora y los mozos comenzaron a citar a cualquier persona, animal o cosa que ascendiera por la calle. Y en eso llegó este duplicado de Induráin, en homenaje al ciclista de Villava que por entonces triunfaba cada año en las carreteras francesas. Y los mozos le acompañaron a trompicones. Y la cosa tuvo gracia. Y se perpetuó, que es lo que ocurre aquí cuando algo tiene gracia.
356 dias para 204 horas
Sabor a sanfermines
Del 7 al 14 de julio, cada tarde taurina tiene un prólogo entrañable. En la calle del Mercado, detrás del Ayuntamiento, los dos alguacilillos –de negro, con capa y sombrero– aparcan sus caballos a las cinco en punto para que decenas de niños se suban a ellos y puedan ser fotografiados por sus padres. A pocos metros de allí, en la plaza Consistorial, se reproduce el mismo rito con las mulillas. Media hora después, todos ellos, acompañados por La Pamplonesa, desfilarán entre pasodobles hasta la Plaza de Toros. Sabor a sanfermines, cien por cien.
Gigante´s rock tour
Foto Luis Azanza
Foto José Luis Ollo
Foto y texto Berta Bernarte
Palmas, vítores, figuras subidas sobre hombros que agitan los brazos. “Vuelven a salir, vuelven a salir”. El público enloquece, se les acerca, quiere volverlos a ver bailar, tocarlos, besarlos. La temperatura no deja de subir. Los flequillos se pegan a la frente que brilla de sudor. Alguien pasa un botellín de agua.
Y suena de nuevo la música. Se reinician los saltos, los giros, más y más deprisa. Es el bis, la apoteosis final, que corean aquellos que ya no volverán a tener 25 años. Los gigantes se van. Y los niños gritan, pero los padres más.
Han llevado a sus hijos a la despida de la comparsa de Gigantes y Cabezudos en la nueva Estación de Autobuses y mientras algunos viajeros observan atónitos como cuatro parejas de cuatro metros de alto se lanzan a una coreografía de cruces, revueltas y balanceos, rodeados de una multitud de treintañeros y cuarentones más emocionados incluso que los pequeños.
Han crecido con reyes de diferentes razas o continentes, qué más da, de cuya soberanía nadie duda en estos días de julio, acompañados de una pequeña corte de Cabezudos. Son el alcalde, el concejal, la abuela y una pareja de japoneses, quizá para compensar la falta de ojos rasgados entre sus compañeros de la alta realeza. Más palpitaciones producen los Kilikis alguaciles del orden creadores del mayor de los desórdenes y los Zaldikos, hombre-caballo, al perseguir a quien más vaya a gritar para golpearle con blandos vergajos. Entre los más pequeños generan la fascinación del lobo de los cuentos, que puede dar miedo, atacar, pero sus dientes son ficticios e incruentos. Como mucho puede producir una sana pesadilla o un deseo de emulación que sufren las piernas de sus progenitores.
Pero las grandes estrellas son los gigantes, cuyos fans bloquean las calles, les siguen hipnotizados con el sonido de la gaita y el txistu, pierden la compostura por una foto con ellos, por tener un recuerdo. También representan el paso del bebé a la infancia con voluntad propia porque en la despedida sus manos se llenan de chupetes abandonados para siempre.
Como rockeros veteranos que nunca mueren, los actuales gigantes se acercan a los 150 años, aunque su tradición se remonta al siglo XVI. Su adiós a las 3 de la tarde del día 14 es como la actuación estelar de los festivales a los que han dejado de acudir desde que son padres. Una comunión intensa e intergeneracional. Que esos pequeñajos y pequeñajas que se abrazan a las grandes cabezas cuando se agachan para ser besados seguirán venerando cuando tengan treinta años.
Foto Luis Azanza
Último
Fotos Luis Azanza y Texto Berta Bernarte
Con un claro vencedor concluyó el octavo y último encierro de San Fermín disputado desde el primer tramo. Nada que ver con la etapa final del Tour, en la que todos pasean hasta el momento del sprint.
Si la carrera de la ganadería de Nuñez del Cuvillo se saldó con 2,20 minutos vertiginosos, un toro con el dorsal 85 fue ganando espacio y posiciones desde final de Santo Domingo. Tenía prisa por llegar y en su camino arroyó a quien no pudo apartarse a tiempo. Sin malos modos, solamente para llegar el primero. Sus razones tendría para entrar en los chiqueros unos 40 segundos antes que el resto. Todavía se baraja si ha establecido un record.
Esta ruptura de la manada no ha supuesto el descuelgue de ningún rezagado, bien arropados por los cabestros de cola. Con esta velocidad pero con calle para todos, las carreras han sido espectaculares, explosivas, a pesar de algunos tropezones y una montonera en Estafeta. Puro disfrute para mozos, venidos de tantos lugares, que unían la alegría de poder correr codo con codo, pero sin estorbarse y echándose una mano, a la sensación de que instantes después llegaría la despedida, que solo les quedaban los abrazos y los últimos comentarios, las bromas finales y las anécdotas que no siempre entienden los amigos. Hasta el año que viene. O hasta Tafalla, Tudela, Cuellar, San Sebastián de los Reyes, Saint Sever…
Quizá algunos grupos hayan almorzado, sea guisado de toro o no, como colofón a los encierros 2009. Muchos estarán ya en carretera o en una reunión de trabajo con la mente escindida, preparándose para la extraña normalidad de mañana. Porque la adrenalina también produce resaca. Y de las buenas.
Foto Berta Bernarte
Hambre de baile
Foto Luis Azanza Texto Berta Bernarte
Los horarios son como la energía ni se crean ni se destruyen solo se transforman. En la dimensión fiesta, ese agujero negro que nos aparta del resto del universo conocido durante nueve días, el caos es solo aparente. Lo que podría parecer desorden a los ojos del foráneo tiene una lógica espacio temporal y unos códigos de lenguaje que no precisan explicación, a pesar de su cambio de significado.
Así el desayuno se transforma en sinónimo de chocolate con churros después del encierro, comidos de pie tras hacer cola en La Mañueta, que para eso abre solo en fechas muy señaladas o en el Churrero de Lerín en la Estafeta, sentados con suerte en un banco, una banqueta o en el fondo de algún café tranquilo que ha tenido el detalle de conservar sillas y mesas. !Y cómo se agradece! Para los ultracuerpos, aquellos que han resistido toda la noche, puede ser la cerveza y el bocata de jamón previo al desplome en la cama. Todo con su tempo, su ritmo extraterreste.
Porque la mañana tiene hambre. Un ansia de alimento para conjurar el sueño, el cansancio, la falta de agilidad mental. Que se transforma en el almuerzo, palabra ahora gozosa, lejos del pintxo y el café rápidos trasegados en la pausa laboral. ¿Quedamos hoy para el almuerzo? Una invitación que se convierte en toda una comida, en ocasiones la principal del día, con un único límite: la misión se complica a partir de las 12 y media. Ese limbo previo al menú del mediodía, que se roza ya con el vermú.
El almuerzo es una sesión matinal que puede comenzar a las 9 de la mañana y en la que caben los platos más fuertes, más rudos y más deliciosos y directos, regados con vino sin sutilezas, aquellos que nos recuerdan nuestro pasado: tatarabuelos espigadores, camineros, segadoras, pastores, leñadores, asaltantes de caminos y serenos. Huevos y magras con tomate, ajoarriero, guisado de toro, patorrillo, menudicos, manitas de cerdo, pochas… Son el combustible primario que los músculos necesitan para ponerse de nuevo en marcha. Para lanzarse al baile.






















