Fin, nos vemos Sanfermin 2012
Toreros y borregos peligrosos
Lágrima de cartón
Despedida rápida

Foto Luis Azanza
Foto José Luis Ollo
José Miguel Robador

Foto y texto Berta Bernarte
Ya está. Los cánticos, las campanadas antes de la ocho, los dos cohetes. El último encierro ha concluido y el vallado ya está desmontado, convertido en piezas de un mecano protector capaz de marcar la frontera entre lo excepcional y la vida cotidiana, únicamente con su cuerpo de madera.
Noblotes y hermanados en su galope, los toros de Núñez Cuvillo, agrupados y compactos tras unos cabestros con energía renovada, han protagonizado un encierro limpio, de nuevo muy rápido. Solo ha destacado Aguador, un astado colorado de capa, que ya en Telefónica se ha adelantado seguido por el resto sin prestar atención a los mozos, que apuraban la oportunidad final de ponerse delante de los bravos en Pamplona hasta el año que viene.
Luego ha sido el momento de los abrazos, el almuerzo de despedida, el intercambio de futuros encuentros en otras citas: Tafalla, San Sebastián de los Reyes, Cuéllar, Arganda… Y el desmontaje del vallado que ha cambiado la fisonomía del Casco Viejo de Pamplona. Sigue la fiesta hasta las doce de la noche, pero no es lo mismo. Está marcada por la prisa por completar lo que no ha dado tiempo a hacer, por un disimular que ya se acaba, por el intento de detener el tiempo con un baile más. Pero conforme la luz cae se tiñe de melancolía porque esta es la noche que se devora a si misma.
Mañana la ciudad será otra. Una transformación que le despoja de su brillo explosivo, de su ímpetu anárquico, y que comienza cuando los carpinteros aflojan el primer poste.

Foto Berta Bernarte
Para ver más imágenes del encierro
El Cid
Golpes que no puntadas


Fotos Luis Azanza

Jose Miguel Robador/Texto Berta Bernarte
Hoy San Fermín, el espíritu velador de los encierros, ha transformado su capote en camiseta y por medio de algún extraño conjuro ha logrado que hoy sea más necesaria la labor de costura que la de cirugía. Que más de uno tenga que recurrir a la aguja y el hilo para remendar alguna prenda que ha sufrido los embates de una batalla veloz, extremadamente peligrosa, y que milagrosamente se ha saldado sin ningún herido por asta de toro.
Ya desde Santo Domingo la torada, lanzada cuesta arriba, alcanzaba velocidades que se acercaban a los 25 kilómetros por hora, algo considerable para un ser humano con tan solo dos piernas y unas buenas zapatillas. Porque el calzado, en estos encierros cada mañana más rápidos, es otro elemento clave para evitar el encontronazo con lo fatídico. Y es importante que estén atadas y bien atadas, porque hoy más de uno ha visto su par convertido en unidad en el peor momento.
Dos toros negros de El Pilar, pata a pata con un cabestro que no lograba sobrepasarles, abrían la carrera, provocando las primeras caídas en el tramo de inicio y en el Ayuntamiento, como la de un mozo con camiseta de color rojo, que aguantó perfecto a que los morlacos saltarán sobre él, protegiendose la nuca con ambas manos. Sin embargo el protagonismo desde Estafeta ha ido de la mano del castaño Resistón, que ha arrollado y embestido a placer, cortando la respiración a los espectadores que se esperaban lo peor. Incluso en los primeros momentos, mientras los últimos morlacos entraban en la plaza se ha corrido el rumor, rapidísimo y fugaz como las imágenes en movimiento, de que había cinco empitonados.
Sin embargo, los cuernos no han catado carne. Ni un sola puntada, salvo la que requerirá la tela. Solo golpes y contusiones, siete de las cuales han requerido el traslado al hospital. Y camisetas desgarradas, entre ellas la de Juampe Lecuona un habitual del encierro, que necesitarán algo más que un remiendo para recuperar su forma. Benditos y textiles daños colaterales en el encierro más rápido desde 1920. Ahí es nada.
Foto Berta Bernarte
Julimanía


Fotos Luis Azanza
El Juli sale a hombros tras cortar tres orejas a los Victoriano del Rio
Corredores





Fotos Luis Azanza/Texto Berta Bernarte
Raras son las cosas que importan que no supongan una espera. Para el corredor esta se prolonga durante casi un año hasta que llega el día 7 a las ocho de la mañana, aunque muchos de ellos recorran otras localidades, y otras regiones, para poder ponerse delante de estos animales bravos. Sabiendo que la sensación, la emoción única, durará apenas unos instantes. Pero el tiempo es elástico cuando bombea la adrenalina, cuando se ha esperado tanto para encontrarse con lo que se desea. Como una droga que saben que algún día tendrán que dejar, pero para la que no hay prisa, porque afina sus músculos, despierta los sentidos y activa los rincones más escondidos, por primigenios, del cerebro.
Por eso en los minutos anteriores a cada encierro, hay un espacio para uno mismo dentro de la multitud. Cuando todo desaparece y la mente mira hacia dentro. En esos instantes de concentración hay algo que cambio en los ojos. Como si viesen más allá y conectasen con otra época, casi con otra era, en la que los grandes animales corrían por la llanuras y el cazador era así mismo fácil presa. En seguida vuelve la realidad, las voces, las palmas, los saltos de calentamiento, la complicidad entre los que corren juntos, incluso la última mirada al periódico. Pronto habrá concluido la espera.
Como un reloj suizo

Fotos Luis Azanza
Foto Jose Luis Ollo
Enamorado, Elegido, Endiosado, Formón, junto con Pitillo y Cuplé, los toros de Vitoriano del Río tienen nombre de pequeños delincuentes juveniles, de quinquis y navajeros de la transición, como el Vaquilla, que corrían en coches robados viviendo deprisa y muriendo jóvenes. En este caso han volado, lanzados como si les persiguiese la autoridad, sin dejar de controlar los costados y volviendo de cuando en vez la cabeza hacia el vallado. Dos minutos y 16 segundos, el más rápido de los del 2011, para cubrir los 850 metros, que además, no lo olvidemos, tienen que salvar un importante desnivel en la cuesta de Santo Domingo. Con un líder a la cabeza, convertido hoy en jefe de la banda, que abría paso al resto.
Este aire envalentonado y un pelín chulesco de los Vitoriano ha estado unido con una precisión inquietante: han completado el recorrido exactamente en el mismo tiempo que el año pasado. Como si antes de emprender de la huida, tras el robo de una sucursal bancaria, hubieran estudiado con detalle cada paso y como realizarlo. Como relojes suizos.
La exactitud no ha estado exenta de daños entre los corredores que los rodeaban. Dos heridos por asta de toro: uno en la zona lumbar empitonado en mitad de Santo Domingo cuando la manada subía a toda potencia y otro con un pinchazo en el brazo derecho al comienzo de Estafeta. El resto muchas caídas y contusiones para una torada que a pesar de mirar a los lados, no ha se ha aprovechado de tantos momentos de indefensión: mozos que quedaban aprisionados entre dos morlacos, que eran arrollados, caídos que aguantaban en el suelo, como debe hacerse, mientras les pasaban por encima o aquellos que intentaban levantarse en mal momento. Y entre medio bonitas carreras sobre los adoquines solo aptas para sprinters.
Porque el objetivo de los toros es llegar, intentar huir. Sentirse de nuevo seguros cuando pueden esconderse en los chiqueros. Sin saber que han llegado a la última prisión. Y que su suerte se acaba a las 6 y media de la tarde. Minutos más, minutos menos.
Texto Berta bernarte

Fotos Josemi Robador


Fotos Luis Azanza








Foto José Luis Ollo

Fotos Luis Azanza





